Astrología

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¿Por qué funciona (o no) la astrología?

El cielo como reloj, la astrología más allá de las constelaciones

El argumento más popular contra la astrología es correcto, y es irrelevante

Quien quiere desacreditar la astrología suele empezar por aquí. "Las constelaciones ya no coinciden." Y es verdad. Por la llamada precesión del eje terrestre, un lento movimiento de peonza que hace que el eje describa un círculo completo cada 26.000 años, las constelaciones del fondo de nuestro cielo se han desplazado ya casi treinta grados respecto a su posición cuando se desarrolló la astrología babilónica. Quien nace el 1 de abril no mira en su nacimiento a Aries como constelación, sino a Piscis.

Es verdad. Pero no toca el núcleo de la astrología occidental.

La astrología occidental, tropical, nunca se ha basado en las constelaciones como tales. El sistema divide la órbita de la Tierra alrededor del Sol en doce segmentos iguales de treinta grados cada uno, empezando en el equinoccio de primavera, el momento astronómico en que el día y la noche duran exactamente lo mismo. Ese punto cero no está ligado a la constelación de Aries; es un punto en el espacio que se mueve con la precesión del eje terrestre. Los astrólogos tropicales trabajan, por tanto, no con constelaciones sino con posiciones planetarias, las relaciones geométricas entre los planetas y la Tierra en un momento dado del tiempo.

Dicho de otro modo: no son las estrellas las que cuentan. Son los planetas. Y estos siguen exactamente donde están.


Lo que sí sabemos: el cielo no es biológicamente neutro

Antes de especular, conviene hacer inventario de lo que la ciencia ya nos ha dado. Porque en un punto no hay ninguna discusión: el cosmos influye en la vida en la Tierra de forma continua y medible.

El Sol. El ciclo solar de once a doce años, caracterizado por fluctuaciones en las erupciones solares, el viento solar y la radiación electromagnética, se correlaciona de forma demostrable con procesos biológicos en la Tierra. Las investigaciones muestran vínculos con arritmias cardíacas, trastornos del sueño, presión arterial, cambios de humor e incluso la incidencia de ataques epilépticos. La National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) y varios grupos de investigación europeos registran estos efectos de forma habitual como parte de la investigación del clima espacial. El Sol no es una metáfora. Es una fuerza biológicamente activa.

La Luna. Que la Luna gobierna las mareas de los océanos mediante la gravedad es indiscutible. Pero hay más: los ciclos menstruales de 29,5 días de media coinciden con el mes lunar. Estudios clínicos muestran cifras de ingreso más altas en instituciones psiquiátricas en torno a la luna llena. Si todos los mecanismos se entienden por completo es otra cuestión, pero que la Luna hace algo biológicamente apenas se discute ya.

El campo magnético terrestre. Este campo, que envuelve la Tierra y fluctúa continuamente, resulta ser para innumerables formas de vida un medio de navegación y una referencia biológica. Las aves migratorias lo leen como un mapa. Los tiburones se orientan por él. Las tortugas encuentran por el campo geomagnético la playa donde nacieron tras nadar miles de kilómetros. Los salmones hacen lo mismo. Las bacterias magnetotácticas contienen literalmente cristales de magnetita con los que perciben el campo.

¿Y en los humanos? Neurocientíficos del California Institute of Technology (Caltech) publicaron en 2019 en la revista eNeuro que el cerebro humano reacciona de manera medible a los cambios del campo magnético terrestre, mediante la supresión de ondas alfa, una respuesta característica del procesamiento sensorial. No somos inmunes. Somos solo menos conscientes.

La conclusión hasta aquí: el cielo influye en la vida en la Tierra. Eso no es astrología. Es ciencia establecida.


La pregunta que queda: ¿es especial el momento del nacimiento?

Si el entorno es continuamente relevante a nivel biológico, la pregunta deja de ser si el cosmos nos influye y pasa a ser si el momento del nacimiento deja específicamente una huella que contribuye a determinar los rasgos de carácter.

Aquí se vuelve más especulativo, pero no más irrazonable.

Hipótesis 1: Impronta geomagnética en el nacimiento

Los planetas de nuestro sistema solar influyen en la heliosfera, la gigantesca burbuja magnética que el Sol sopla alrededor de todo el sistema. Júpiter es en ella el actor más dominante después del propio Sol, con un campo magnético catorce veces más fuerte que el de la Tierra. Las posiciones cambiantes de los planetas provocan fluctuaciones sutiles pero medibles en el viento solar, que a su vez modula el campo magnético terrestre.

La hipótesis es: en el momento del nacimiento, la primera vez que un recién nacido queda expuesto de forma plena y sin protección al mundo exterior, el sistema nervioso en desarrollo recibe una "instantánea" electromagnética única del entorno. Esa configuración podría fijar, mediante procesos neuronales y hormonales, un patrón duradero, comparable a la impronta epigenética por otros factores ambientales justo después del nacimiento.

Que el sistema nervioso de los recién nacidos es excepcionalmente sensible a los factores ambientales está fuera de duda. La cuestión de si las variables electromagnéticas del entorno forman parte de esa sensibilidad aún no está respondida de forma definitiva. Pero es perfectamente contrastable.

Un mecanismo candidato desde un sistema afín

La pregunta de qué canal físico transmite la influencia planetaria en el nacimiento no tiene por qué quedar totalmente abierta. Un sistema colindante que usa las mismas posiciones planetarias como fundamento, el Human Design, ofrece una hipótesis concreta: el flujo de neutrinos.

Cada segundo, unos 65.000 millones de neutrinos por centímetro cuadrado atraviesan nuestro cuerpo, procedentes de la fusión nuclear en el Sol. Lo penetran todo, pero tienen, como confirmó el Premio Nobel de Física de 2015, masa. Masa significa que pueden formar parte de un campo portador de información. Los planetas, que modulan continuamente la heliosfera, dan cada uno un "color" propio a ese flujo. La configuración en el momento del nacimiento quedaría entonces impresa no solo a través del campo geomagnético, sino también directamente, a través de los neutrinos que en ese momento fluyen sin obstáculos por el cuerpo del recién nacido.

Dos mecanismos independientes que apuntan al mismo momento hacen la hipótesis científicamente más robusta que cada uno por separado. Si ambos son operativos, no lo sabemos. Que ambos son teóricamente posibles es difícil de negar.

Hipótesis 2: La primera respiración como transición de fase

En la ciencia de la complejidad conocemos el concepto de transición crítica, el momento en que un sistema pasa en poco tiempo de un estado estable a otro. En esos momentos un sistema es máximamente sensible incluso a pequeñas influencias externas. El agua que se congela, los cristales que se forman, las redes neuronales que fijan un patrón duradero: todos son ejemplos de sistemas que "consienten" con su entorno durante la transición.

El nacimiento es una transición así. En segundos la circulación sanguínea cambia por completo, se interrumpe el aporte de oxígeno por la placenta, se activa la circulación de las vías respiratorias, se dispara la producción de cortisol y el sistema nervioso registra por primera vez directamente la luz, el sonido, la temperatura y el entorno electromagnético.

Si hay un momento en que las condiciones ambientales pueden fijar patrones biológicos profundos, es este.

Hipótesis 3: El horóscopo como espejo, no como causa

El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung introdujo el concepto de sincronicidad: dos acontecimientos simultáneos que se relacionan con sentido sin que uno cause al otro. En su visión, los planetas no causan el carácter, son un reloj que lee lo que ya está ocurriendo en el sistema mayor.

Un termómetro no causa la fiebre. La mide.

Esta es la formulación más modesta y quizá científicamente más honesta: la configuración planetaria en el momento del nacimiento es un patrón legible del estado del sistema solar. Si ese estado refleja también la condición del recién nacido, no la causa, sino que la refleja, es una pregunta que la ciencia aún no ha planteado, y mucho menos respondido.


Michel Gauquelin: el estadístico incómodo

En los años cincuenta, el psicólogo y estadístico francés Michel Gauquelin empezó con el intento de refutar la astrología. Acabó reuniendo los datos de nacimiento de más de cien mil personas, vinculados a su profesión y a sus logros.

Lo que encontró fue incómodo. Los deportistas de élite resultaron haber nacido estadísticamente con más frecuencia cuando Marte acababa de aparecer sobre el horizonte o había alcanzado el punto más alto de su arco diario. Los científicos famosos se correlacionaban con Saturno. Los actores con Júpiter.

Gauquelin era escéptico él mismo. Publicó sus hallazgos como una anomalía, no como prueba de la astrología. Sus métodos fueron comprobados varias veces por investigadores independientes, con resultados diversos. La discusión nunca se zanjó por completo. Pero el hecho de que un estadístico que quería desacreditar la astrología encontrara datos que él mismo no podía explicar merece intelectualmente algo más que un encogimiento de hombros.


En 1492, Cristóbal Colón demostró sin querer que la Tierra no era plana, no probando la teoría, sino regresando. La Tierra redonda siempre había existido. Lo que faltaba era un marco para comprenderla y un método para medirla.

El magnetismo existió miles de años antes de que pudiéramos cuantificarlo. Las bacterias causaban enfermedades mucho antes de que pudiéramos verlas. Las ondas gravitacionales ondularon por el espacio más de mil millones de años antes de que en 2015 tuviéramos el instrumental para detectarlas.

"No demostrado" no es sinónimo de "imposible". Es una invitación a mirar mejor.

La astrología en su forma tropical, basada en posiciones planetarias y no en constelaciones, plantea una afirmación que, desde el funcionamiento conocido del sistema solar, la biología del sistema nervioso del recién nacido y el entorno geomagnético de la Tierra, no puede descartarse teóricamente. Quien quiera negarlo necesita una prueba de imposibilidad que no existe.

Lo que decimos nosotros es esto: el cielo influye en la Tierra, eso lo sabemos. Si el momento del nacimiento es especial dentro de esa influencia, aún no lo sabemos. Pero la pregunta es legítima, la teoría es coherente y la investigación está todavía en pañales.

Quizá eso sea suficiente para tomarla en serio.